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Tranquera Abierta!

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Estos son algunos escritos, espero que les agraden y por supuesto se esperan comentarios y opiniones.
La Huida
Fuck You
KO y Parisiennes
Los Pájaros
La Rata

 

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La Huida   

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Se levantó. Pisó el frío suelo de barro con los pies descalzos, cuarteados de salitre y de tiempo. Todavía el sol no había asomado su cabellera rubia por la línea marrón y verde del horizonte.
Como todos los días, puso a calentar la pava en el brasero de hierro utilizando las brasas que habían quedado del fuego de la noche. Como todos los días, rellenó con yerba bien fuerte su mate galleta de boca angosta y, mientras se calentaba el agua, se enjuagó los ojos, se sacó alguna lagaña reticente a irse del cómodo espacio en el cual había hecho su lugar de paso.
La mujer todavía permanecía en el catre. La miró mientras prendía el primer cigarrillo negro del día, y pensó que posiblemente la extrañaría. Extrañaría sus reproches silenciosos, su conversación de mujer de pueblo, su sueño pesado y sin ronquidos. La extrañaría, pensó, pero la decisión estaba tomada.
El agua anunció que ya estaba caliente, tomó mate sólo y amargo mientras pensaba. El silencio era apenas interrumpido por el canto de algún gorrión o jilguero que andaba por afuera; los gallos empezarían muy pronto.
Lentamente, se encaminó hacia el corral cruzando el monte, escuchando y diferenciando uno a uno los sonidos del campo. Una vez que llegó, buscó al gateao' y lo llevó hacia el palenque.
Entró en la casa muy despacio para no hacer ruido, y a oscuras alzó un atado que había preparado en la noche anterior. Llevaba lo estrictamente necesario: unas bombachas, alpargatas, pañuelo y una o dos camisetas, además de cuatro cajas de balas del 38 especial, y salió nuevamente al frío de la mañana.
Ya en el palenque, se dedicó a ensillar su flete. Puso una a una y con especial cuidado todas las prendas del apero. Primero la sudadera, una o dos caronillas gruesas, la cincha sobada, los estribos, los bastos, dos pellones de oveja blancos y peludos, y una última cincha. El freno, cabresto y cabezada. Ató al recado el lazo trenzado, hecho de toro y guanaco, y un par de lonjas de cuero fino, por las dudas.
Guardó el caronero; verificó en su tirador de monedas la daga y el 38 especial, regalo de un viejo caudillo de la zona.
Subió al gateao' y echó una última mirada al rancho donde había pasado toda su vida hasta ese día. El techo de adobe y esparto, la galería, las paredes blanqueadas con cal, el palenque viejo y usado...
Le dio un poco de tristeza tener que irse, pero ya estaba decidido y no podía echarse atrás.
Se pasó la mano sobre los renegridos cabellos, se puso el "panza de burro" y se acomodó su manta de vicuña. Taloneó el corcel, y poco a poco se fue achicando en el horizonte.
Cada vez que se daba vuelta el rancho aparecía más chico y difuso, hasta no ser más que un punto blanco, indistinguible de otros tantos puntos que se veían. El tranco del gateao' era largo y parejo.
Llegando al mediodía se internó en el monte para no ser tan castigado por el duro sol, y procurarse como alimento algún bicho asado.
Al rato de buscar, con dos certeros disparos consiguió un chancho del monte. Buscó una sombra al borde de algún pozo. Asó el cerdo, lo compartió con el dogo que lo acompañaba y guardó un poco para después.
Al reparo de un sauce descabezó un sueño limpio, tranquilo. Cuando se despertó estaba oscureciendo. Le dio agua al montado, le ajustó las cinchas y salió al tranco.
Por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz, se sintió libre de todo compromiso y obligación; poder andar y andar todo el tiempo, parando cuando quisiera, durmiendo cuando pudiera. Pensó que sería lindo conseguir una guitarra, y siguió pensando, imaginándose en las fiestas de mil y un pueblos, entonando unos estilos camperos, siendo siempre el forastero, mientras su parejero andaba y al hombre se le cerraban los ojos.
A lo lejos, escuchó un sonido indefinido, como un murmullo o una música, y vio una luz. Pensando en la perspectiva de un poco de bebida con más gusto que el agua, taloneó suavemente su flete, y enfiló derechito hacia la posible despensa.
Al llegar aflojó cincha, dejó al caballo afuera, suelto, y entró lentamente. Fue mirando de a poco las caras desconocidas de los parroquianos. Salvo una, la del policía. Saludó con voz queda y se acodó en un rincón del mostrador para pedir una ginebra.
Todos lo miraron, y el policía se le acercó. Le dijo que la mujer había hecho la denuncia por su desaparición, pero que el estaba fuera de servicio y que no había visto nada. Apuró la ginebra, le agradeció con la mirada y se fue. Había una guitarra, pero si alguien lo estaba buscando, todavía era demasiado cerca y muy pronto.
Subió al gateao' y lo apuró al galope, dirigiéndose hacia el sur. Siempre para el sur.
Anduvo un largo rato sin detenerse, fumando pensativa y concienzudamente cada pitada, concentrado en la huella que le conduciría a sus más trabajados anhelos.
A medida que pasaban los días, la gente con la que circunstancialmente se encontraba lo trataba peor. Entonces se dio cuenta de un pequeño detalle: no se había bañado en más de una semana. Lo hizo en un arroyo de aguas dudosamente claras que encontró, y siguió viaje.
El paisaje fue cambiando; se hacía cada vez más desierto. Pasó de los montes, las sierras y los salitrales, a las llanuras lisas y desiertas, salvo por algún ombú a la distancia o alguno que otro paisano como él, a la deriva por esos campos solitarios, como dejados de la mano de Dios.
Ya no se sentía tan sólo, pese a que el perro lo había dejado en una de las últimas paradas con un poco de civilización.
Un amanecer, sintió el resuello profundo de la tierra; sintió una vibración como de un lejano terremoto, un quejido, y una muerte. El que fuera su amigo y compañero de huella, aquel pingazo fiel, también lo abandonaba.
Al subir el sol, se empezaron a acercar los buitres; también rondaban en el cielo los caranchos y chimangos. Pensó que la ley de la naturaleza era inquebrantable, y les dejó a su flete para que continuaran la cadena ecológica que instintivamente debían cumplir.
De a pie, se sintió más fuerte, y por extraño que parezca, más acompañado. Notaba una presencia familiar, querida, que lo seguía a donde fuera.
Para dormir, ya no tenía ni las matras, que armaba cuando le agarraba sueño desensillando el montado y lo protegían del frío.
Sintió enfermarse, caérsele los párpados y vivió como en un sueño sin fronteras espaciales ni temporales. Jugó con sus compañeros del primero inferior, el único año que había ido a la escuela, y entre ellos estaba un niño al que no recordaba, que dijo ser su hijo. Su madre lo llamó para que le ayudara a encerrar las cabras, mientras en su casa, la esposa le preparaba mate para cuando llegara. Escuchó una vez más de labios de su hermano mayor la historia de su padre, aquel gigante que salió un día a tomar una ginebra con los amigos para no volver. Lo vio, sentado a la mesa de la cocina, fumando cigarritos y bebiendo grapa fuerte. Cuando le habló la primera vez, le contestó parcamente, luego fueron entrando en confianza. Se contaron sus problemas; hablaron del campo, de la cosecha, de la producción, de la aftosa, de la vida, de cuchillos, de bebida, de caballos, de cueros, de la muerte, de los hijos.
Y el sueño siguió, eternamente. Se vio a si mismo, recostado a la sombra de un ombú en la ardiente siesta. Se vio más flaco y demacrado que nunca, pálido el rostro, desencajadas las mandíbulas. Se preguntó si realmente sería él ese tipo que parecía dormir o más bien estar muerto. Un pajarito comenzó a picotear al hombre, que dormía o estaba muerto, en la punta de los parpados; luego otro, y luego un montón. Se preguntó si alguna vez había estado vivo. ¿Qué era estar vivo? En cuanto a sentimientos, aún los tenía. No supo definir precisamente si había soñado hasta ese momento, o si ahora estaba soñando. Si había existido como ente, como persona, como perdiz, o como una idea en el pensamiento de alguien.
No fue nada extraño no hallar respuesta; de todas formas, siempre que se dedicaba a pensar en ese tipo de cosas, nunca la hallaba.

FIN

 

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Fuck You

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"Por favor, que se calle de un puta vez", pensó en tono de súplica el hombre que manejaba la coupe Fuego GTA modelo 87, gris metalizada, excelente de motor pero más o menos de chapa.
Subió el volumen del stereo y los acordes estridentes de los Redonditos de Ricota llenaron el habitáculo del auto, confundiéndose y tapando en parte el constante monólogo de su segunda esposa.
Prendió un cigarrillo, y desvió la vista de la ruta oscura para dirigirle a la mujer una mirada de hastío y desprecio.
Ella, encolerizada, le manifestó a los gritos que estaba cansada de sus silencios, que estaba harta de su egoísmo y de su falta de interés; en resumen, de todo lo que tenía que ver con él. Y afortunadamente, no habló más. Se dedicó a mirar un punto fijo en el espacio con la boca torcida en una mueca desagradable y la cabeza inclinada hacia la ventanilla.
El hombre, ya mucho más tranquilo, vio que la aguja del nivel de nafta estaba bastante baja, y se dijo que en la próxima estación de servicio que encontrara debería parar.
Faltaban unos doscientos kilómetros para llegar a la ciudad de Catamarca, y cuando vio el cartel albiblanco de la YPF destacándose con sus brillos de neón, aminoró la marcha y se deslizó por el sendero de grava hasta los surtidores.
Apagó el motor. Sin decir nada, se bajó del auto, abrió la tapa del combustible y cuando el playero le preguntó si llenaba el tanque, respondió afirmativamente con un leve cabeceo.
Le gustó esa estación de servicio, tan al estilo antiguo. Sin esos insípidos bares y autoservicios de 24 horas, sin esa pulcritud desubicada.
Se dirigió a los baños que, como corresponde, apestaban a pis de camionero y no tenían jabón, ni toallas, ni secadores automáticos.
Orinó un largo rato y salió sin lavarse las manos. Hacía calor, pero no demasiado. Se reprochó su debilidad al aceptar la compañía de su mujer en aquel viaje, pero con suerte en cuatro o cinco horas más llegarían a La Rioja, donde estaría ocupada con algunos parientes.
Sí, esa estación de servicio le transmitía algo. Tenía personalidad, eso era. La pequeña oficinita, con almanaques de quince años atrás, con papeles apilados desprolijamente sobre el escritorio, (en realidad, una mesa vieja destinada a tal efecto), el viejo y oxidado ventilador de pie, girando lentamente, todo le dejaba una sensación familiar.
Complacido por haber descargado su vejiga y por haber definido qué era lo que le atraía del lugar, se dirigió hacia el auto donde el tipo con el mameluco azul le cobró cuarenta pesos, sin preguntarle si quería revisar "agua y aceite".
Se subió a la coupe, que arrancó violentamente. Cambió el CD por uno de Pink Floyd, saludó al playero que lo estaba mirando inexpresivamente, puso la primera y aceleró.
Estaba disfrutando la música y el sabor seco de sus cigarrillos negros.
"Welcome my son, welcome, to the machine"
Por algún motivo, le había mejorado el humor. La ruta negra se perdía entre los cerros, y pisó el acelerador.
Cansado después de haber escuchado dos veces consecutivas el mismo disco, apagó el equipo. En un rato más entrarían a la ciudad de Catamarca.
Se sorprendió bastante cuando quiso averiguar si a su mujer se le había pasado el enojo, y no vio más que el asiento del acompañante vacío.
Clavó los frenos.
Acomodó el auto a un costado de la ruta y apagó el motor.
Recordó que ella lo había estado molestando con sus reclamos casi todo el viaje, y que un rato antes de llegar a la YPF se había callado.
Como ésa había sido la única parada, pensó que se la podía haber olvidado allí. No la había visto bajar, pero probablemente lo hubiera hecho mientras él estaba en el baño.
Soltó una puteada. Ahora los reclamos iban a ser mucho peores y, para colmo, con razón.
Bruscamente, la coupe salió arando y giró para volver sobre el camino andado, rumbo a la estación de servicio.
Ya no disfrutaba la tranquilidad, ni el silencio, ni la música. Solamente se atormentaba pensando en lo que le esperaba, ya que las duras recriminaciones que seguramente le haría la mujer no se limitarían al incidente del olvido, sino que se remontarían en el tiempo y en el espacio hasta el noviazgo en Salta, el casamiento, la luna de miel en Bariloche, los años vividos en Buenos Aires y el último año pasado en Jujuy.
El velocímetro marcaba 160 kilómetros por hora, y después del quinto cigarrillo desde que hubiera emprendido la vuelta, avistó a lo lejos el ansiado cartel luminoso de YPF.
Entró por el mismo sendero de antes. Inmediatamente la vio, como una mosca en la sopa, parada al lado de un barril oxidado de aceite, con sus finas medias negras y sus zapatos de taco alto, fumando uno de esos insípidos ultra-lights sin pensar en el riesgo que ello implicaba.
Se acercó, y la puerta del acompañante quedó justo a la altura de la mujer, a un par de metros de distancia.
La miró a los ojos, y advirtió la misma agria mirada de siempre, pero esta vez notó un brillo especial, como una aureola de fuego alrededor de sus pupilas.
Ella se movió con rapidez hasta la puerta y accionó la manija para abrirla, pero ésta no se movió, dado que todavía estaba con el seguro puesto.
El hombre estiró el brazo para abrir el seguro, pero a mitad de camino, la mano se detuvo. Por su mente desfilaron, en una fracción de segundo, miles de imágenes de discusiones, de reproches, de insatisfacciones.
Como si tuviera vida propia e independiente del resto del cuerpo, la mano giró en el sentido de las agujas del reloj y se cerró en puño. El antebrazo se flexionó quedando paralelo a la ventanilla, donde se reflejaba la mirada de ira encendida de la mujer. Por último el dedo del corazón se irguió lentamente. Era un dedo fino y largo, "manos de pianista" le habían dicho varias veces.
No pudo evitar sonreír mientras la mirada de la mujer pasaba de la ira al asombro, y sus ojos se abrían tanto que parecía que en cualquier momento iban a salírsele de las órbitas.
Pisó el acelerador y observó cómo la mujer seguía parada a un par de metros del barril oxidado, como una ninfa del subdesarrollo, surgiendo de una nube de polvo rojiza.
Se rió fuerte, y a partir de ese momento, comenzó a disfrutar del viaje.

FIN

 

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K.O. y Parisiennes

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El tipo entró al bar de barrio. Round 8. Golpe, golpe, golpe. Hacía mucho calor, muchos mosquitos. A las dos de la mañana pidió una cerveza, sería lindo una Corona pero no hay, no importa, una Quilmes. A las dos de la mañana, dos provincianas gordas y desagradables acompañadas de un tipo, muy probablemente semi-deficiente mental, comen milanesas con papas fritas.
Mientras tanto en Las Vegas golpe. Golpe, golpe. Sigue haciendo calor. Prende un cigarrillo negro Parisien. Escribe algo. En la puta ciudad el asfalto es el enemigo. Parte del cigarrillo se fuma solo. Otro cigarrillo. La cerveza desciende lentamente. Golpe. Los mosquitos molestan, pican.
Estuvo un rato antes con su novia. A la mierda con ella y con su hermanita que tiene unas tetas que prometen y un hermoso culo. Y su madre frígida. Golpe, golpe, golpe de derecha. Hay que eliminar toda la mierda que uno lleva adentro de alguna forma, porque si no, llega un momento en que la mierda rebalsa por las orejas, o por la nariz.
Piensa. Sueña. Escribe basura. Ideas inasibles zurcan las pocas neuronas. Sinapsis. ¿Como atrapar una idea antes que se esfume?
En el barrio siempre la misma mierda. La misma gente mediocre con un sorete muy grande y aromático dentro de la cabeza. Con sus putos trabajos rutinarios. Sus putos aguinaldos. Sus putos culos cogidos por las pirañas. Sus putos cuernos en el alma.
Esto no es Los Angeles. No hay camarera rubia y con tetas grandes. Un pibe con cara de boludo. Nada más. No es facil para el tipo de mirada fría y distante conseguir un agujero caliente. A lo mejor en el cable dan una porno y con un par de sacudidas, se puede dormir más rápido. Golpe. Golpe. Nockout.
Más tabaco negro, más cerveza rubia, ya caliente. El lápiz avanza demasiado lentamente. ¿Como traducir el incesante, imparable "fluir de la conciencia", si el lápiz de mierda va tan despacio? Más boludeces.
Le gustaría un amanecer, agarrar su auto prendado, mandar al carajo la prenda, y desaparecer. Muy fácil. Pero para eso hay que tener mucho huevos. Y no tiene.
Le gustaría una noche, cogerse a la tía rubia de la novia, teñida, tetona y putona. Pero para eso hay que tener huevos. Y no tiene.
Se siente solitario. Marginal. Quiere ser escritor, vivir sin compromisos. Pero para eso hay que tener huevos. Y no tiene.
Así como no tiene huevos para voltear ciertos obstáculos. Su novia. Su comodidad de culo caliente y comida buena.
La televisión transmite pura mierda de cuarta. Negros inmundos, que chorrean grasa cantando? cumbia. Caretas. Mentiras. Todo mienten.
El tipo también miente. Nunca quiso ser normal.
Todo es ficción, o realidad. O un poco de cada cosa.
El tipo se acerca a la mesa donde están las dos minas con el mogólico y les pregunta si van a ir a coger los tres juntos, en una pieza barata y mugrienta. Con olor a humedad y cucarachas que toman mate.
La gorda debe tener varios pliegues para meterla. El tipo vuelve a su silla y no la mira.
A lo mejor, es el lugar equivocado, ya que no pasa nada interesante.
¿Donde están las putas de las películas?, piensa el pobre tipo con sueño. Tiene callos en los talones. Quiere buscar el under pero no sale. Se va a dormir cómodamente a su casa. Con ventilador de techo.

FIN

 

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Los Pájaros

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Los pájaros mataron al hombre parado en la esquina de Santa Fe y Callao, porque el pájaro que no pudo ir a lo del su hermano compró un revólver en una jaula para matarlo.
Los pájaros estaban muy tensos, se les notaba en la cara. Los piquitos pálidos, los ojos inexpresivos, denotaban el odio que sentían. Las plumas verdes y grises no se movían y parecían recubiertas como con una especie de óleo como el que usaban los gladiadores romanos, que según se comenta, los romanos eran todos muy trolos y pervertidos y hacían orgías todos los días, y mantenían sexo de todo tipo entre ellos, sus mujeres, esclavos y sus mascotas. Por eso los pájaros no querían estar en Roma. Siempre prefirieron Grecia, o Madrid, o Buenos Aires, o cualquier lado, y más aún cuando se ponen tan nerviosos como ahora, y por más que uno mezcle el agua de las pajareras con Lexotanil o Valium no se calman y se siente como un rumor constante y gris, del aleteo de todos los gorriones sueltos. Los gatos se tornan altamente furiosos, y los pájaros se vengan de sus familiares y van matando al gato de a poquito.
Primero un pichoncito le empieza a picotear el ojo, se desprende un hilo de sangre con presión suficiente como para tirarlo a un costado, y después enormes bandadas le picotean el lomo y se lo comen vivo, sin ni siquiera adobarlo un poquito.
El tema es que les gustó, y nos dejaron tranquilos y no mataron más hombres ni mujeres, porque la carne es mucho más dura.
Por eso es un problema, porque si hubiera sido un solo gato no pasaba nada, o diez gatos, pero el tema es que no hay más gatos. Se comieron a todos los pobres gatos, los pájaros. Ahora hay pájaros que son más responsables que otros, y asumiendo la función de los gatos, aprenden a cazar ratas y a arrullarse en la panza de algunas viejas solteronas. Y comen carne que les llevan al botánico. Porque no hay más gatos, y en cuanto aparece alguno importado, no dura ni cinco minutos, porque los pájaros se lo comen enseguida. Hay que admitirlo, ellos se perfeccionaron, ahora lo pelan, lo condimentan a gusto, lo recubren con mostaza y lo ponen al horno de alguna casa que les presten. Con los perros no hay problema, los ayudan porque no quieren ser comidos por los pájaros que tienen a veces mucho hambre pero no se van a comer a un perro, porque es un amigo che, como me lo voy a comer al Boby si lo conozco desde que era chiquito y me corría para jugar.
Cuando el Boby era chiquito se peleaba con los gatos, pero ahora, por suerte para algunos, ya no hay más gatos. El problema no son las ratas ni ratones ni lauchas ni roedores de ningún tipo ni clase, ya que hay escuadrones de pájaros especialmente capacitados en grandes universidades pajariles, para exterminar roedores. El problema es que hay algunos pájaros que son muy golosos y quieren seguir comiendo gatos. Ya no por hambre o venganza, sino por simple y brutal gula. Los muy pícaros, siempre encuentran alguna excusa para comerse aunque sea una lagartija o un conejo, alegando en su defensa que las migas de pan o el alpiste ya no les alcanzan, que no contienen las proteínas, fosfolípidos y vitaminas necesarias para su supervivencia.
Los pájaros fueron evolucionando lentamente, nadie se dio cuenta, hasta que un día, ya no quedaban más gatos desde hacía tiempo, y en el balcón de la Casa Rosada, mientras el Presidente hablaba por el veinticinco de mayo o alguna fiesta patria, se vio un pajarito parado sobre el pasamanos. A algunos les pareció un detalle simpático, la mayoría ni siquiera se dio cuenta.
Pero al poco tiempo, circulaban versiones que decían que ese inocente jilguerito que había sido visto en el balcón, era el principal asesor del presidente, que este no hacía nada sin consultarle.
Ustedes, al igual que yo en ese momento, se estarán preguntando como carajo hacía un bicho insignificante para razonar y luego para transmitirlo. La explicación la encontré leyendo un domingo a la tarde, un volumen de la American-Heritage Cyclopaedia. La carne posee cierto tipo de células, las cuales una vez procesadas por el aparato digestivo del pájaro se fusionan con ciertas glándulas que poseen las aves, y así se forman las cuerdas vocales en el pájaro. El resto es simple, siguiendo una línea de evolución genética Darwiniana, habían adquirido las habilidades mentales de un humano, o incluso las habían superado.
Así fueron sucediendo los hechos. Ahora, la mayoría de los puestos de poder o responsabilidad, tanto en entidades públicas como privadas están ocupados por aves, que como son muy civilizadas y educadas en colegios ingleses, desayunan con alpiste y mijo, y al almuerzo les gusta un barquito de manzana, lechuga, o migas de cualquier tipo.
La situación se esta tornando un tanto incómoda, por ejemplo, yo, en mi simple condición de humano, si algún día quisiera que estas líneas que escribo fueran publicadas, tendrían que ser aprobadas por alguna editorial, en todas las cuales los cargos de autoridad los ocupan gorriones o chajás. Si, por otro lado, me atreviera a editarlo ilegalmente, correría el riesgo de que mi familia me encontrara en mi casa de Florida con la cara destruida a picotazos y con un agujero en el pecho, sin corazón, ya que ése es el fin de casi todos los que dicen o escriben algo que les recuerda a los pájaros lo estúpidos que eran hace algún tiempo.

FIN

 

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La Rata

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Cuando el hombre gordo y transpirado empezó a martillar, demasiado cerca para mi gusto de donde me había acomodado aquella fría noche de invierno, cerca del fuego de las parrillas, me asusté. Con el susto, la primera reacción que tuve fue la de correr desesperadamente. Saltando pedazos de basura llegué hasta una especie de tomacorriente bastante grande, del cual salían hacia arriba unos cables de plástico naranja bastante gruesos y con estrías. Trepé por los cables hasta una pequeña cornisa, que me devolvió a la calle solitaria y fría.
Me fui silbando un tango caminando por el cordón de la vereda, haciendo equilibrio hasta la entrada principal a las alcantarillas.
Ya me estaba cansando de la zona, así fue que aprovechando el percance y dado que estaba en uno de los ramales principales de las alcantarillas de Caseros, decidí mudarme de barrio. Por esos pagos, la mayoría de las casas eran frías en invierno y extremadamente calientes en el verano. Familiares míos me contaban, que en algunas de sus casas tenían calefacción central, aire acondicionado, losa radiante, y un montón de comodidades.
Del primero que me acordé fue de mi Tío Ernesto, él era uno de los más acomodados de todos. Ya de chiquito se mostraba arisco a permanecer en el barrio pobre donde habitaban sus padres, según me contaron, y buscó por todos los medios la forma de ascender posiciones en la escala social. Pasó por varios trances difíciles, pero haciendo caso omiso a los conservadores consejos de la familia llegó a ocupar una casi mansión en la zona de Recoleta. Lástima que como la familia siempre lo había tratado mal era muy antipático, sobre todo con nosotros, ya que mi padre fue uno de los que más le reprocharon el habernos abandonado.
Ahora él ya no está, ni mi madre, ni mis hermanos. Todos murieron aturdidos con unos nuevos aparatos.
Seguramente el Tío Ernesto no me recibiría bien. Mejor me quedo vagueando por ahí, o busco algún restaurante, con grandes calderas. Para no tener tanto frío.
¡Que vida puta y difícil la nuestra! ¿Que daño tan grande habremos hecho hace siglos, para nacer malditas y perseguidas por todos? Un día me vi en un vidrio que reflejaba, y tan desagradable no soy. Mis ojitos redondos son hasta simpáticos. Tengo unos largos bigotes, si me los recortara, por ahí quedaría mejor. Mi pelo gris oscuro, aunque a veces estoy un poco sucia, me abriga y me protege, y si bien no es suave ni brilla, tampoco es horrible. Y lo mejor de todo es mi cola, larga y flexible. Sensual y útil a la vez.
Pero la gente no nos quiere. Sin que le hagamos nada nos persiguen, nos buscan para exterminarnos, nos atacan constantemente.
Una vez tuve un amigo.
Era un chico de unos once años. Lo conocí en un antiguo caserón de Haedo. El estaba jugando a los piratas o algo parecido entre los crecidos pastizales del fondo, corría y gritaba como un endemoniado, y me despertó de mi siesta de verano. Cuando salí para ver que estaba pasando, me vio. En sus ojos no se reflejó el odio ni el asco que veo siempre en los ojos de los humanos. Se quedó mirándome largamente, lo mismo que yo, que estaba parada en el borde de una pared semiderruída que alguna vez había sido de un enorme galpón.
El dejó su juego y sus gritos y se acercó lentamente mientras nos mirábamos fijamente. Con miedo me acerco su mano y me acaricio muy suavecito el lomo, yo estaba bien limpita ese día, porque me había bañado en un barril de hierro viejo en el que se juntaba el agua de la lluvia.
Su caricia me estremeció, y me habló con una voz muy dulce. Desde ese día, todas las tardes a la hora de la siesta pasábamos largos ratos juntos mirando los bichos que el juntaba por ahí, o a la sombra en el galpón, donde el me contaba su vida y yo lo escuchaba atentamente.
El era hermoso, aparte de ser muy inteligente. Tenía unos ojos marrones tan profundos, que una podía perderse mirándolo. El suave cabello rubio le caía graciosamente sobre la frente, lo que acentuaba su expresión de dulzura en general.
Cada día que pasaba se me hacían más largas las horas que no estaba a su lado, me devoraba la ansiedad y me sentía muy deprimida. Pero cuando lo escuchaba llegar, el corazón me daba un brinco y corría dichosa a su lado, entonces el me acariciaba el lomito, después la panza, y yo moría extasiada. Permanecíamos toda la tarde, hasta que una tía solterona se despertaba de su siesta frustrada y lo llamaba a tomar la leche.
Investigué la casa donde él estaba. Conocí a su madre, aparentemente separada, que hablaba por teléfono todo el tiempo con hombres, se reía mucho y varias veces a la semana salía de noche para regresar con el sol ya bien alto y una marcada sinuosidad en el andar.
La cocina era amplia y luminosa, con azulejos color cremita y pisos veteados. Antiguas lozas y platería se usaban en esa casa. Siempre había la misma comida, arroz con pollo, o arroz blanco solo. A mi me gustan las uvas, pero nunca compraban fruta.
Además de Maximiliano (averigüé su nombre escuchando a la madre, ya que el nunca me lo dijo) y su mamá, vivía en la casa una tía solterona, que siempre se vestía con colores oscuros y tenía la cara como si le estuvieran aplicando constantemente enemas de vinagre.
A ella la vi una vez mientras se bañaba, con todas sus carnes fláccidas colgantes, cómo se apoyaba contra la pared y mientras el agua caliente la empapaba, se frotaba convulsivamente la entrepierna, primero con una mano, luego con las dos, y después, tomando el tubo del desodorante y haciéndolo entrar entre sus piernas. En esos momentos, cambiaba un poco la cara. Pero cuando salía del baño, de nuevo con su rodete tirante prolijamente amarrado y sus vestidos oscuros de misa vespertina, estaba aún peor que de costumbre.
No podía estar con él en su casa ya que si nos descubrían, a él le aplicarían un grave castigo, y a mí me asesinarían brutalmente. Me daba pena su vida, era un chico triste. Martirizado todos los días al atardecer por las clases forzadas de piano, un piano muy viejo y desafinado en el que reiterativamente martilleaban las escalas de Hanon.
Me aislé de mis compañeras. Escapé sin decir nada, ya que me hubieran juzgado muy duramente por este tipo de relación. Yo era plenamente feliz con el, las horas transcurrían raúdamente cuando estábamos juntos. Creo que lo amaba.
Por eso, una tarde como tantas, no me asusté ni me escapé cuando el se bajo la cremallera de su bermuda barata y extrajo un apéndice pequeño, colorado y extremadamente duro. El se lo acarició y me miró con una expresión que no le había conocido hasta ese momento. Así fue que entre la basura del galpón, unos barriles oxidados, tirantes caídos, bolsas de nylon y otras cosas más, conocí sensaciones únicas.
Primero, guiada por Maximiliano, lamí lentamente la parte superior de eso, que según me dijo se llamaba pito. Con mis pequeñas manitos lo acariciaba frenéticamente, y me sentía muy extraña. Entonces el me agarro y muy despacito, fue metiendo eso adentro mío.
Primero sentí un sufrimiento eterno, y creo que me desvanecí. Pero al despertar, entre mis entrañas había algo duro que se movía, y a la vez me causaba dolor y un gran placer. Cada vez se movía mas rápido y fuerte, hasta que bruscamente se detuvo y me inundó de un líquido blancuzco no muy espeso. Entonces supe lo que era la felicidad.
Cada vez con más frecuencia teníamos este tipo de juegos, fueron las mejores tardes de nuestras vidas. El me hablaba, me decía que al finalizar el verano, cuando tuviera que volver al colegio me iba a llevar con él, que vivía en Palermo, en una casa muy linda y grande con calefacción y pileta.
Pero una tarde en la que lo esperaba ansiosamente, con mi orificio posterior ya colorado y húmedo, no vino. Yo estaba casi al borde de la locura pensando que se había ido, que me había abandonado. Fuí hasta la casa para investigar y lo ví en su pieza, con sus hermosos ojos entrecerrados, transpirado hasta las muelas. Un hombre que nunca había visto, con un guardapolvo blanco, hablaba con la madre.
- Vea, señora. No podemos saber todavía que es lo que le pasa. No es un virus ni ninguna de las enfermedades de la edad. Por otro lado, tiene unas manchas en el pene que me llamaron la atención. Vamos a tener que hacerle análisis de sangre, orina y heces.-
- Pero, ¿Es grave?-
- No creo, debe ser alguna infección que se habrá agarrado jugando por ahí.-
No pude escuchar más. Me sentí en el medio de un torbellino, me mareé y casi me caigo de la vigueta en la cual había estado observando la escena. ¡Maximiliano estaba enfermo! Seguramente era mi culpa, seguramente yo le había contagiado alguna enfermedad.
A los pocos días volvió el médico, y le dijo a la mujer que al chico le quedaba poco tiempo de vida. No se podía saber con exactitud, pero habían encontrado en su sangre un virus bastante extraño de origen desconocido, además de ciertas sustancias, cómo ácido lisérgico y clorhidrato de cocaína en pequeñas proporciones.
Pasó una semana en la que ni siquiera probé bocado, sentía como si me hubieran amputado una parte vital de mi cuerpo, hasta que un atardecer Maximiliano dijo "La rata es hermosa", y exhaló el último suspiro.
Así fué que quedé de nuevo sola y desconsolada; triste, me emborrachaba con agua estancada de los charcos, lloraba en los rincones por mi tremenda desgracia.
Pero sentía algo nuevo en mi interior, algo que crecía y se formaba en mi vientre tibio y dolorido, entonces recordé lo que me habían dicho alguna vez, que dentro mío se estaba gestando la vida. Pero ¿que tipo de vida se estaría gestando? ¿que clase de monstruo tendría dentro mío? No me importó nada. Así es que me decidí a cuidarlo, a brindarle todo mi amor y mi cariño.
Pero estoy muy cansada, tengo que buscar un lugar. Me duelen las patitas de tanto caminar. En la próxima salida, voy a ver si encuentro algo.
Al ver un poco de luz en una bocacalle, me asomo con cuidado y veo que estoy en una gran avenida. Frente a mí hay una imponente casona, seguramente con mucha calefacción y alimento para mí y el engendro que llevo dentro.
Rápidamente, comienza a cruzar la calle, corriendo temerosa. Entonces dobla a toda velocidad un colectivo de la línea 130, que aplasta a la rata con uno de sus pesados neumáticos, y lo que queda como postrera imagen de esta historia de amor es un manchón informe, gris y rojo, sobre la Avenida del Libertador.

FIN

 

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Tranquera Abierta!

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