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Cuando el hombre gordo y transpirado empezó a martillar, demasiado cerca para mi
gusto de donde me había acomodado aquella fría noche de invierno, cerca del fuego de las
parrillas, me asusté. Con el susto, la primera reacción que tuve fue la de correr
desesperadamente. Saltando pedazos de basura llegué hasta una especie de tomacorriente
bastante grande, del cual salían hacia arriba unos cables de plástico naranja bastante
gruesos y con estrías. Trepé por los cables hasta una pequeña cornisa, que me devolvió
a la calle solitaria y fría.
Me fui silbando un tango caminando por el cordón de la vereda, haciendo equilibrio hasta
la entrada principal a las alcantarillas.
Ya me estaba cansando de la zona, así fue que aprovechando el percance y dado que estaba
en uno de los ramales principales de las alcantarillas de Caseros, decidí mudarme de
barrio. Por esos pagos, la mayoría de las casas eran frías en invierno y extremadamente
calientes en el verano. Familiares míos me contaban, que en algunas de sus casas tenían
calefacción central, aire acondicionado, losa radiante, y un montón de comodidades.
Del primero que me acordé fue de mi Tío Ernesto, él era uno de los más acomodados de
todos. Ya de chiquito se mostraba arisco a permanecer en el barrio pobre donde habitaban
sus padres, según me contaron, y buscó por todos los medios la forma de ascender
posiciones en la escala social. Pasó por varios trances difíciles, pero haciendo caso
omiso a los conservadores consejos de la familia llegó a ocupar una casi mansión en la
zona de Recoleta. Lástima que como la familia siempre lo había tratado mal era muy
antipático, sobre todo con nosotros, ya que mi padre fue uno de los que más le
reprocharon el habernos abandonado.
Ahora él ya no está, ni mi madre, ni mis hermanos. Todos murieron aturdidos con unos
nuevos aparatos.
Seguramente el Tío Ernesto no me recibiría bien. Mejor me quedo vagueando por ahí, o
busco algún restaurante, con grandes calderas. Para no tener tanto frío.
¡Que vida puta y difícil la nuestra! ¿Que daño tan grande habremos hecho hace siglos,
para nacer malditas y perseguidas por todos? Un día me vi en un vidrio que reflejaba, y
tan desagradable no soy. Mis ojitos redondos son hasta simpáticos. Tengo unos largos
bigotes, si me los recortara, por ahí quedaría mejor. Mi pelo gris oscuro, aunque a
veces estoy un poco sucia, me abriga y me protege, y si bien no es suave ni brilla,
tampoco es horrible. Y lo mejor de todo es mi cola, larga y flexible. Sensual y útil a la
vez.
Pero la gente no nos quiere. Sin que le hagamos nada nos persiguen, nos buscan para
exterminarnos, nos atacan constantemente.
Una vez tuve un amigo.
Era un chico de unos once años. Lo conocí en un antiguo caserón de Haedo. El estaba
jugando a los piratas o algo parecido entre los crecidos pastizales del fondo, corría y
gritaba como un endemoniado, y me despertó de mi siesta de verano. Cuando salí para ver
que estaba pasando, me vio. En sus ojos no se reflejó el odio ni el asco que veo siempre
en los ojos de los humanos. Se quedó mirándome largamente, lo mismo que yo, que estaba
parada en el borde de una pared semiderruída que alguna vez había sido de un enorme
galpón.
El dejó su juego y sus gritos y se acercó lentamente mientras nos mirábamos fijamente.
Con miedo me acerco su mano y me acaricio muy suavecito el lomo, yo estaba bien limpita
ese día, porque me había bañado en un barril de hierro viejo en el que se juntaba el
agua de la lluvia.
Su caricia me estremeció, y me habló con una voz muy dulce. Desde ese día, todas las
tardes a la hora de la siesta pasábamos largos ratos juntos mirando los bichos que el
juntaba por ahí, o a la sombra en el galpón, donde el me contaba su vida y yo lo
escuchaba atentamente.
El era hermoso, aparte de ser muy inteligente. Tenía unos ojos marrones tan profundos,
que una podía perderse mirándolo. El suave cabello rubio le caía graciosamente sobre la
frente, lo que acentuaba su expresión de dulzura en general.
Cada día que pasaba se me hacían más largas las horas que no estaba a su lado, me
devoraba la ansiedad y me sentía muy deprimida. Pero cuando lo escuchaba llegar, el
corazón me daba un brinco y corría dichosa a su lado, entonces el me acariciaba el
lomito, después la panza, y yo moría extasiada. Permanecíamos toda la tarde, hasta que
una tía solterona se despertaba de su siesta frustrada y lo llamaba a tomar la leche.
Investigué la casa donde él estaba. Conocí a su madre, aparentemente separada, que
hablaba por teléfono todo el tiempo con hombres, se reía mucho y varias veces a la
semana salía de noche para regresar con el sol ya bien alto y una marcada sinuosidad en
el andar.
La cocina era amplia y luminosa, con azulejos color cremita y pisos veteados. Antiguas
lozas y platería se usaban en esa casa. Siempre había la misma comida, arroz con pollo,
o arroz blanco solo. A mi me gustan las uvas, pero nunca compraban fruta.
Además de Maximiliano (averigüé su nombre escuchando a la madre, ya que el nunca me lo
dijo) y su mamá, vivía en la casa una tía solterona, que siempre se vestía con colores
oscuros y tenía la cara como si le estuvieran aplicando constantemente enemas de vinagre.
A ella la vi una vez mientras se bañaba, con todas sus carnes fláccidas colgantes, cómo
se apoyaba contra la pared y mientras el agua caliente la empapaba, se frotaba
convulsivamente la entrepierna, primero con una mano, luego con las dos, y después,
tomando el tubo del desodorante y haciéndolo entrar entre sus piernas. En esos momentos,
cambiaba un poco la cara. Pero cuando salía del baño, de nuevo con su rodete tirante
prolijamente amarrado y sus vestidos oscuros de misa vespertina, estaba aún peor que de
costumbre.
No podía estar con él en su casa ya que si nos descubrían, a él le aplicarían un
grave castigo, y a mí me asesinarían brutalmente. Me daba pena su vida, era un chico
triste. Martirizado todos los días al atardecer por las clases forzadas de piano, un
piano muy viejo y desafinado en el que reiterativamente martilleaban las escalas de Hanon.
Me aislé de mis compañeras. Escapé sin decir nada, ya que me hubieran juzgado muy
duramente por este tipo de relación. Yo era plenamente feliz con el, las horas
transcurrían raúdamente cuando estábamos juntos. Creo que lo amaba.
Por eso, una tarde como tantas, no me asusté ni me escapé cuando el se bajo la
cremallera de su bermuda barata y extrajo un apéndice pequeño, colorado y extremadamente
duro. El se lo acarició y me miró con una expresión que no le había conocido hasta ese
momento. Así fue que entre la basura del galpón, unos barriles oxidados, tirantes
caídos, bolsas de nylon y otras cosas más, conocí sensaciones únicas.
Primero, guiada por Maximiliano, lamí lentamente la parte superior de eso, que según me
dijo se llamaba pito. Con mis pequeñas manitos lo acariciaba frenéticamente, y me
sentía muy extraña. Entonces el me agarro y muy despacito, fue metiendo eso adentro
mío.
Primero sentí un sufrimiento eterno, y creo que me desvanecí. Pero al despertar, entre
mis entrañas había algo duro que se movía, y a la vez me causaba dolor y un gran
placer. Cada vez se movía mas rápido y fuerte, hasta que bruscamente se detuvo y me
inundó de un líquido blancuzco no muy espeso. Entonces supe lo que era la felicidad.
Cada vez con más frecuencia teníamos este tipo de juegos, fueron las mejores tardes de
nuestras vidas. El me hablaba, me decía que al finalizar el verano, cuando tuviera que
volver al colegio me iba a llevar con él, que vivía en Palermo, en una casa muy linda y
grande con calefacción y pileta.
Pero una tarde en la que lo esperaba ansiosamente, con mi orificio posterior ya colorado y
húmedo, no vino. Yo estaba casi al borde de la locura pensando que se había ido, que me
había abandonado. Fuí hasta la casa para investigar y lo ví en su pieza, con sus
hermosos ojos entrecerrados, transpirado hasta las muelas. Un hombre que nunca había
visto, con un guardapolvo blanco, hablaba con la madre.
- Vea, señora. No podemos saber todavía que es lo que le pasa. No es un virus ni ninguna
de las enfermedades de la edad. Por otro lado, tiene unas manchas en el pene que me
llamaron la atención. Vamos a tener que hacerle análisis de sangre, orina y heces.-
- Pero, ¿Es grave?-
- No creo, debe ser alguna infección que se habrá agarrado jugando por ahí.-
No pude escuchar más. Me sentí en el medio de un torbellino, me mareé y casi me caigo
de la vigueta en la cual había estado observando la escena. ¡Maximiliano estaba enfermo!
Seguramente era mi culpa, seguramente yo le había contagiado alguna enfermedad.
A los pocos días volvió el médico, y le dijo a la mujer que al chico le quedaba poco
tiempo de vida. No se podía saber con exactitud, pero habían encontrado en su sangre un
virus bastante extraño de origen desconocido, además de ciertas sustancias, cómo ácido
lisérgico y clorhidrato de cocaína en pequeñas proporciones.
Pasó una semana en la que ni siquiera probé bocado, sentía como si me hubieran amputado
una parte vital de mi cuerpo, hasta que un atardecer Maximiliano dijo "La rata es
hermosa", y exhaló el último suspiro.
Así fué que quedé de nuevo sola y desconsolada; triste, me emborrachaba con agua
estancada de los charcos, lloraba en los rincones por mi tremenda desgracia.
Pero sentía algo nuevo en mi interior, algo que crecía y se formaba en mi vientre tibio
y dolorido, entonces recordé lo que me habían dicho alguna vez, que dentro mío se
estaba gestando la vida. Pero ¿que tipo de vida se estaría gestando? ¿que clase de
monstruo tendría dentro mío? No me importó nada. Así es que me decidí a cuidarlo, a
brindarle todo mi amor y mi cariño.
Pero estoy muy cansada, tengo que buscar un lugar. Me duelen las patitas de tanto caminar.
En la próxima salida, voy a ver si encuentro algo.
Al ver un poco de luz en una bocacalle, me asomo con cuidado y veo que estoy en una gran
avenida. Frente a mí hay una imponente casona, seguramente con mucha calefacción y
alimento para mí y el engendro que llevo dentro.
Rápidamente, comienza a cruzar la calle, corriendo temerosa. Entonces dobla a toda
velocidad un colectivo de la línea 130, que aplasta a la rata con uno de sus pesados
neumáticos, y lo que queda como postrera imagen de esta historia de amor es un manchón
informe, gris y rojo, sobre la Avenida del Libertador.FIN
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